Native Proficiency: La filosofía.

FILOSOFÍA

La filosofía que hay detrás del proyecto que he bautizado como “Native Proficiency” es sencilla: enfocar la lengua inglesa como lo haría un hablante nativo. Para ello, hay que dar un paso atrás, coger perspectiva y ver, sin prejuicios y con objetividad a qué nos enfrentamos cuando intentamos aprender un idioma.

Un idioma no se aprende. El mito del hablante ideal. Nativo por supuesto.

Durante muchos, muchos años, muchas generaciones hemos repetido ese mantra: aprender un idioma. Eso implica que se puede llegar a aprender todo lo relativo a un idioma. Sin embargo, objetivamente ni siquiera el hablante nativo más capacitado llega a eso en el transcurso de su vida. Nadie sabe un idioma. Lo usan con un nivel de destreza.

La expresión “aprender un idioma” es muy engañosa. Yo prefiero hablar de aprender a hacer cosas en un idioma. Porque cada vez que hablamos, escribimos, leemos o escuchamos, estamos haciendo algo. (De eso hablo en el siguiente punto.)

Lo que si se adquieren son los recursos para llevar a cabo infinidad de actos lingüísticos. Pero nadie puede decir nunca que sabe un idioma. Ni siquiera el hablante que ha nacido, crecido y vivido en él.  El hablante ideal es un mito y nadie, ni siquiera el hablante nativo puede alcanzarlo, y menos por el mero hecho de serlo. Obsesionarse con tener todo bajo control es el camino perfecto a la frustración. Y se puede hablar un idioma mejor que un hablante nativo.

Un idioma es una herramienta mediante la cual conseguimos objetivos. Los actos lingüísticos.

La principal motivación para aprender un idioma es – o debería ser – la necesidad de usarlo. Si lo usamos es porque es nuestra herramienta, una herramienta de una complejidad enorme que nos permite llevar a cabo actos – los actos lingüísticos que mencionaba más arriba. Y esos actos – al igual que los actos físicos como andar, correr o golpear algo – consiguen resultados. Eso es lo que nos interesa.  Si algo no se alinea con nuestros objetivos, no estaremos motivados para aprenderlo. Si aprender a usar inglés no te lleva a conseguir tus objetivos, no lo aprendas.

Cuando decimos algo, perseguimos un objetivo. Cuando escribimos algo perseguimos un objetivo. Cuando leemos u oímos algo, aunque sea por accidente, tenemos un objetivo. Por eso la publicidad funciona, porque estamos programados para prestar un mínimo de atención a cualquier mensaje. Luego quizá lo descartamos, pero aun así hemos realizado un acto lingüístico: la acción de procesar un “input” lingüístico y aceptarlo o rechazarlo como relevante.

Idiomas y culturas van unidos.

Idiomas y culturas – así en plural – van unidos. Y no digo idioma y cultura porque la realidad de hoy en día – y la de cualquier punto de la historia – es mucho más compleja de lo que queremos reconocer o de lo que nos han querido hacer ver. Tendemos a racionalizar y simplificar las cosas. Sin embargo, las culturas y los idiomas no se suelen corresponder uno a uno en plan “cada oveja con su pareja”. Hay idiomas que están enlazados a varias culturas unidas por un tronco común (sin ir más lejos las diferentes culturas anglosajonas unidas por el inglés). Y hay culturas compartidas por comunidades lingüísticas bilingües y multilingües. La realidad del mundo es compleja y la realidad lingüística no lo es menos.

Pero sin duda lo más importante es que precisamente parte del “aprendizaje del idioma” es familiarizarse con el universo cultural que va a aparejado a él. Es parte de la aventura. Aprendemos a usar un idioma para comunicarnos con sus hablantes. Cuanto mejor conozcamos su(s) cultura(s), mejor los entenderemos y menos extrañas nos resultarán las cosas, incluido el funcionamiento del idioma en cuestión.

Los idiomas no son bloques monolíticos.

Al contrario, son sistemas dinámicos que giran en torno a sus referencias (en español las reales academias). Los idiomas tienen una gran variación interna que es lo que los hace permanecer vivos. Y cuando te acercas a lo que parece el borde… ya empieza el siguiente idioma. Y lo demás es intentar poner puertas al campo. Asumir esto da vértigo, pero es la realidad.

Un idioma no se “aprende” hasta que se adopta como parte de uno mismo.

No deja de ser una paradoja que los que aspiran a “aprender un idioma como un nativo” evitan en muchos casos hacer aquello que define a un hablante nativo, que es vivir en él. Aquí es donde topamos con el mayor obstáculo al aprendizaje de los idiomas en general: la idea de que aprender un idioma e integrar su cultura puede desplazar o incluso borrar de nuestra mente la lengua y cultura maternas en las que nos hemos criado. Miles de millones de personas en todo el mundo son la demostración de que se pueden añadir idiomas y culturas a nuestro “tesoro personal” y esto no es una sustitución ni una pérdida sino un enriquecimiento personal. Frente a esto, el miedo a lo desconocido, a “los otros”, a lo diferente, hace que la gente no “aprenda un idioma” porque tienen miedo a lo que ello implica. Aprender un idioma requiere abrir tu mente a ese idioma. Y estar dispuesto a engrandecer tus miras. No es borrar tu identidad, es ampliarla y expandirla.

Un idioma es otro “universo posible y válido”.

Los idiomas no son ni mejores ni peores. Son las herramientas que sus hablantes han forjado a lo largo de los siglos. Las herramientas que han usado para hacer grandes cosas, cosas mediocres y cosas de las que no se puede estar orgulloso. Son diferentes formas de ver y describir el mundo, el universo. Diferentes soluciones a los mismos problemas. E igual que ocurre con las personas, diferentes formas de ser bello y de expresar belleza. Cada idioma que no conoces es una parcela de la humanidad que te  estás perdiendo.

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? El idioma moldea el pensamiento y el pensamiento moldea al idioma que lo expresa. Ying y yang.